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domingo, 18 de septiembre de 2011

Instantes, segundos, minutos, el universo en movimiento.

Algunos lloran mientras ven acercarse la luz blanca, imparable y cegadora mientras se hace gigante en el cielo nocturno. Quedan minutos para el impacto, muchos segundos y fracciones de una hora, minutos para que todo termine.



-¿Hacemos el amor hasta el final?


-Sí –dijo ella-, aunque siempre has sido muy precoz, quizá termines antes de que llegue el meteorito.


-Intentaré aguantar hasta el impacto, si me concentro puede ser al mismo tiempo.


-Pues hazlo bien, que yo también quiero sentir la explosión dentro de mí.


Los minutos se hicieron segundos, los segundos instantes que explotan creando vida y muerte en el universo.

viernes, 8 de octubre de 2010

Dormida.

Como los ángeles al caer el sol, esa es la imagen que tengo de ti, dormida y soñando feliz. Ese mismo día te fuiste para no volver, me dejaste solo el recuerdo de tus ojos cerrados, de tu olor sobre la almohada. Me engañaste y no me dijiste ni adiós, ni hasta pronto, ni siquiera un te quiero, solo me dejaste tu ausencia, tu interminable ausencia que no acaba nunca.
¿Nunca has pensado que yo merecía algo más? Me hubiese gustado morir por ti, morir yo en tu lugar, seguro que al destino no le habría importado el cambio.



lunes, 6 de septiembre de 2010

Pensamiento y deseo.

-Deseo mi lengua acariciando sus labios, los dulces verticales ocultos entre sus piernas, abiertos para mí, para disfrutar con el sabor más íntimo, el de la mujer que amas. Deseo sentir sus formas en el tacto de mi lengua, sentir la entrada de su cálido coño, pintar de saliva toda su rajita y tropezar con su clítoris para jugar rodeándolo de dulzura.
-Deseo su lengua acariciándome, quiero sujetar su cabeza entre mis piernas para que no se escape sin darme el placer que merezco. Quiero que juegue con mi rajita abierta, que escriba con su lengua en mi clítoris lo mucho que me desea, quiero retorcerme de gusto mientras saborea mi necesitado coñito.
-¿En qué piensas? –preguntó él de pronto.
-No, nada en particular –respondió ella- ¿Y tú?
-¿Tomamos otra copa?

lunes, 17 de mayo de 2010

Una sonrisa sincera.




Nunca supo quién la besó, fue inesperado y espontáneo, como un soplo de aire, como un sorbito dulce, como una estrella fugaz en el oscuro cielo. Tan solo escuchó el ritmo de unos labios dulces acariciando los suyos con la magia del tiempo detenido, el instante, la eternidad. Nunca pudo olvidar ese beso y han pasado ya cien años desde la noche anterior, la noche que no quería asistir a la fiesta de sus amigas, no quería ir porque no se divertía en ellas, se sentía mejor a solas, con sus sueños y sus ilusiones, con sus libros y su música.
Eran risas y otra música lo que percibía a su alrededor, diversión, amigos y desconocidos bailando y pasándolo bien. De su boca salía entonces una forzada sonrisa para ser como los demás, para estar dentro sintiéndose fuera, sus labios alegres estaban en la fiesta, su mente cabalgaba entre cielos de luz, entre mares de amores, entre sueños despiertos.
El sueño la volvió a la fiesta, unas palabras amables descabalgaron su mente y sus labios alegres sonrieron esta vez sinceros. La invitaban a una copa que ella no pudo rechazar -¿Cómo rechazar volver a escuchar la voz que acababa de traerla a una fiesta en la que no se divertía?-. Se marchó, casi podía verlo marchar para no volver, casi podía verlo regresar sin apenas haberse ido, regresó con dos copas y una botella que delicadamente puso sobre la mesa.
-¿Qué traes? ¿Qué vamos a tomar?
-Vino, déjame invitarte a una copa de vino.
-Nunca lo he probado, solo acostumbro a beber refrescos, nunca tomo alcohol.
-Sí, hoy sí, hoy necesitas cambiar tu sonrisa forzada por una sonrisa sincera, tus labios desean sentir el cosquilleo de un beso y si el vino no te gusta yo mismo te haré sentir esa sensación con mis labios.
-Quizá te engañe entonces, puedo mentirte entonces para conseguir un beso.
-No lo harás, tu sonrisa ahora es sincera.
La copa en su mano fue golpeada por otra copa, tomó un pequeño sorbo y se sorprendió así misma apreciando un nuevo sabor, intentando adivinar e identificar los pequeños matices que estimulaban sus sentidos.
Cambió la música y sus manos se vieron apretadas con fuerza, la invitaban a levantarse, la arrastraban sin siquiera saber dónde iba.
-No sé bailar.
-Sí, hoy sí sabes bailar –dijo él-. Solo bailando puedo conseguir robarte un beso. No sería justo que te lo pidiera sin conocernos, y creo que al compás de esta música puedo robártelo.
Tan solo unos pasos adelante y sintió unos brazos rodear su cuerpo, nunca había sentido nada parecido, su cuerpo unido a otro cuerpo y bailando al compás de una música que ahora le encantaba. Flotaba, soñaba con los ojos abiertos, imaginaba con los ojos cerrados, sus dedos habían leído cientos de historias semejantes, historias que para ella eran solo ficción, historias románticas a la luz de la luna, o con velas, en la playa, en un bonito salón, danzando.
-¿Cómo te llamas? –preguntó.
-¿Qué importa? Prefiero no decírtelo y tampoco quiero saber cómo te llamas tú.
Le notó acercarse más, pero no esperaba esa caricia, la de unos labios en los suyos, una caricia tímida en el primer momento, una caricia larga y pasional con el solo paso de unos segundos, un solo beso, un roce de labios con el tiempo detenido en una canción, en una danza de dos al mismo son.
En unos minutos recorrió el mundo volando, flotando en las nubes, en un globo, corriendo descalza, nadando desnuda, la música en sus brazos siguiendo unos pasos, la música transportándola en sueños. Nunca antes había tenido sentimientos parecidos, nunca antes se había visto la cara con semejante torbellino de sensaciones.
No escuchó terminar la pieza que bailaban, desapareció la música fundiéndose en otra, desapareció la magia del bello instante. Soltaron sus manos y casi le vio marcharse, sin decirle su nombre, ni siquiera pudo ver quién era, solo escucharle, solo su beso, solo sentir sus labios guardados ya para siempre en ese rincón de la memoria donde guardamos lo inolvidable.
Volvió para sentarse, para pensar lo ocurrido, volvió a probar el vino para asegurarse la realidad, para ver que no era un sueño. Repitió en su cabeza la canción y se sintió bailando de nuevo, oliendo su cercanía, moviéndose lento al compás, seguía soñando como siempre había hecho. Solo el vino y la música en su memoria le decían que era real, que la habían besado, que había bailado con él.
Pasaron cien años hasta el día siguiente, el sol que ayer se fue anónimo hoy regresó conocido, con la cara del mejor amigo, con el semblante iluminado e iluminando. Su luz la despertó, volvió del sueño bailando en sus brazos, besando sus labios, despertó donde acabó la noche anterior, danzándole a la vida.
Podría llamar ahora a sus amigas y preguntarles quién la invitó a una copa de vino la pasada noche, quién bailó con ella, quién la besó, quién le habló. No le pudo ver, nunca en su vida pudo ver a nadie, nunca vio un rostro, ni un color, ni una mirada, desde que vino al mundo solo podía ver en sus sueños, dormidos y despiertos.
No llamó a sus amigas, no necesitaba saber quién fue, volvería a sentir esos labios en los suyos, estaba segura de ello y la sonrisa que ahora se dibujaba en su cara era sincera.

viernes, 26 de marzo de 2010

El jardín zen.

Vivía sola y un día un amigo vino a tomar café, me trajo un regalo sin venir a cuento, son bonitos los regalos así, era un jardín zen en miniatura, de esos con arena y piedrecitas, me hizo prometer que lo cuidaría.
Pasaron días en los que yo dibujaba en la arena, colocaba las piedrecitas a mi antojo, me divertía. Una mañana me levanté y desayunando me di cuenta que había algo escrito en la arena del jardín, dos palabras -estoy aquí-.
Me asusté, yo no lo había escrito y nadie entró en mi casa, pensé y pensé, lo borré y no le di importancia, lo olvidé, hasta la mañana siguiente, cuando descubrí otras palabras -viviré contigo-. Directamente tiré el jardín zen a la basura.

La tercera mañana en mi salón había arena en el suelo, y unas palabras -vivirás conmigo aunque no quieras-.
Ha pasado ya un mes, con un mensaje diario en el suelo, el último dice –morirás mañana-

viernes, 5 de marzo de 2010

UN CUENTO DE 106 PALABRAS.

El sonido del tiempo.
Ese tic tac que escuchamos hace un rato, implacable, odioso, recordándonos lo imparable del tiempo y la caducidad de la vida. El único sonido que nos hace más viejos, el sonido de la historia del mundo pasando ante nosotros.
-¡Javier! ¿Dónde está el despertador?
-Lo he tirado al mar, nunca más quiero escuchar un reloj.
-¡Estás loco! –gritó Elena desde el camarote- Bueno da igual, ya compraré uno cuando atraquemos en el puerto.
-Nunca bajaremos a tierra –pensé distraído-. Navegaremos de un océano a otro, extraviados de las cuentas del tiempo. Ni siquiera miraré el cielo y las estrellas para evitar el giro de la tierra.

martes, 12 de enero de 2010

Sueño dentro de sueños.

Esta pasada noche he tenido un sueño. En realidad fueron varios, unos dentro de otros, soñé un sueño de un sueño dentro de otro sueño.
He despertado hecho un lio, y con fiebre, es como ver una pintura enmarcada en la cual el motivo es otra pintura, es una ventana dentro de otra ventana, una fotografía de otra fotografía, son palabras que definen solo palabras o música sobre la música.
No acostumbro a soñar dormido, me pierdo, y lo olvido por la mañana. Si no lo recuerdo no he soñado, pero esta noche fue tan extraño. Me soñé soñando, me veía incluso desde lo alto, también desde abajo, soñar es eso, poder hacer realidad algunas cosas como volar arriba y abajo.
Aunque al final lo único que recuerdo es con lo que estaba soñando, era con un flapy (que en realidad no sé si se escribe flapi o flapy) pero ese era el motivo de tal embrollo de sueños.

miércoles, 6 de enero de 2010

Una vieja iglesia.


Íbamos los cuatro de excursión por la montaña, una tarde tras cruzar un bosque apareció ante nosotros una aldea abandonada. Todas las casas estaban en ruinas, todas excepto un edificio, la iglesia se mantenía en pie.
La noche se cerró en tormenta y decidimos pasar la noche en la única construcción en pie, la vieja iglesia. Encendimos velas, alguien comentó que sin duda una iglesia abandonada es la morada del diablo. Reímos.
A media noche una ráfaga de viento apagó de pronto las velas, quedamos a oscuras. Volvimos a encenderlas y pudimos ver algo nuevo en el viejo altar. Nos acercamos había un cáliz, un copón y una patena. Dentro del cáliz estaba la sangre de Cristo y dentro del copón ostias consagradas, el cuerpo de Cristo. ¿O no eran de Cristo?, tomamos el rojo líquido y las obleas.
Esto es real y ocurrió de verdad hace un año, solo yo estoy aún vivo y puedo contarlo.

martes, 5 de enero de 2010

El sexo de las moscas.


Estaba con mi amigo Carlos sentado a la orilla de un río, los dos embelesados en el entorno.
-¿Has visto eso? -Dijo mi amigo.
-No, ¿qué hay que ver?
-Esas moscas.
-Sí, ¿Qué?
-Están follando mientras están volando.
-Las moscas no follan -respondí-, tan solo se aparean.
-Ah, claro –contestó él-, tampoco vuelan, solo planean.

sábado, 12 de diciembre de 2009

UNA HISTORIA DE PUEBLO.

EL POZO MALDITO. Aquilino Duque.
Todo el pueblo lo sabía, era una de las historias del lugar, no una leyenda urbana, era más bien una leyenda rural que todos creían. En la memoria viva más antigua de la aldea no se recordaba otra cosa que no fuera el miedo al número ocho de la calle Dulcinea, el lugar exacto de una vieja casa, una de las más antiguas de todo el pueblo, construida como se construían entonces, con un amplio portalón que daba acceso a un patio cuadrado y empedrado, adornado con arriates para las plantas en los lados y un pozo de agua fresca en el centro.
El pozo del número ocho de la calle Dulcinea era muy similar al de otras casas del pueblo, con el brocal de piedra y un viejo cubo de latón colgado a la garrucha por una desgastada cuerda que está pidiendo un último esfuerzo para romperse. El empedrado del patio salpicado de malas hierbas aprovechando el abandono de la casa, las paredes del pozo cubiertas de musgo, prosperando en la humedad y la sombra del patio.
Todo el pueblo lo recuerda, allí vivía una buena familia hace muchos años, él un militar de renombre, ella una dama de la capital, y con ellos dos pequeños de tres y cuatro años que hacían las delicias de los vecinos, todo el mundo lo recuerda, era una de las mejores familias del pueblo hasta que una noche el pozo se los llevó, una noche de invierno de hace casi cien años el pozo atrajo a su brocal a toda la familia y los arrancó de este mundo para llevarlos a las entrañas de mal, al mismísimo infierno que era el fondo de este agujero de piedra, así lo cuentan, así ocurrió.
Pero las buenas gentes del pueblo no supieron todo esto hasta años más tarde, cuando en ese mismo patio desaparecieron una pareja de enamorados, dos novios que tenían que verse siempre a escondidas porque sus familias no aceptaban su relación, dos novios que una tarde al caer la noche se encontraron en el patio del número ocho de la calle Dulcinea y nunca más se supo de ellos. Los buscaron por todos sitios, más tiempo aún de lo que buscaron a la familia de Don Francisco, el militar, buscaron por toda la casa, por todas las casas, en el campo, incluso con ganchos dentro del pozo, pero nunca aparecieron, todos sabían ya que ese pozo estaba maldito, que emitía un extraño hechizo que hacia arrojarse dentro a quien allí se asomaba. Todos sabían que aquellos que caían en el pozo de la vieja casa nunca volvían a salir, desaparecían tragados por las entrañas del mal y de la tierra.
Cuentan los jóvenes del pueblo que a veces ellos se acercan a desafiar al miedo, en plena noche, siempre en grupos numerosos de chicos y chicas con la edad justa de bromear y de experimentar, con la edad de la conquista y de la irresponsabilidad. Cuentan que estando allí pueden escuchar lamentos que provienen del interior del pozo, que incluso entre las sombras de la casa han visto a veces moverse las figuras de dos niños pequeños, asegurando que nunca llegaron a atreverse a asomar la cabeza hacia el interior del brocal. Una cosa es estar allí viendo el pozo a la luz de la luna, escuchando el ruido del fondo o del cubo al moverse con la brisa, pero otra muy distinta era asomarse dentro, eso era una temeridad.
-¿A dónde vamos? –preguntó Elena a su novio mientras caminaban por la calle.
-Vamos a entrar a la casa del pozo –respondió él con una sonrisa.
-No cielo, me da miedo, esta anocheciendo.
-Si vamos anda, no tengas miedo –volvió a decir su novio–, no nos acercaremos al pozo y estaremos solos.
La llevó de la mano hasta llegar a la entrada de la vieja casa, la besó en los labios y abrió el portalón de entrada que hizo un ruido de mansión encantada. Entraron despacio mirando a todos lados, aún era de día, todo estaba en silencio y observaron con miedo el cilindro de piedra que formaba el pozo en el centro del patio.
-Tengo miedo cielo –dijo Elena con voz apagada.
-No pasa nada, todo lo que cuentan son leyendas –la tranquilizó su novio–, ven vamos a sentarnos en aquel banco.
-Dame la mano, me da mucho miedo estar aquí.
David agarró a su novia de la mano y se acercaron a sentarse en el viejo banco de madera que persistía en pie al paso del tiempo y la humedad. Se sentó él sobre la madera y ella sobre las piernas de él, abrazada a su novio y mirando a todos lados inquieta. David acariciaba su espalda para que se tranquilizara y lentamente comenzó a besarla, ambos comenzaron a besarse, dejándose llevar por el amor, ambos no se dieron cuenta de una sombra que se acercaba a ellos, sin hacer ruido, desde la parte más oscura de la vieja casa, dirigiéndose hacia ellos entre las columnas que sujetaban la segunda planta de la casa.
-¿Qué hacéis aquí? ¿Quién sois vosotros?
Los enamorados dieron un salto aterrorizados, dejando escapar ella un grito a pleno pulmón, él soltando una exclamación ininteligible de miedo, mirando sorprendidos al extraño que les acababa de hablar y que no escucharon llegar.
-¿Quién eres tú? –preguntó David envalentonándose y con miedo.
-Yo pregunté primero. No quería asustaros –dijo el extraño hombre que surgió de la nada.
-Somos del pueblo, estábamos dando una vuelta por aquí –respondió David sin saber muy bien que contestar– ¿Quién eres tú?
-Me llamo Francisco, soy el propietario de esta casa, he llegado esta tarde al pueblo.
-Pero si esta casa no tiene ningún dueño, la familia que vivía aquí se la tragó el pozo –dijo Elena con voz aún asustada.
-¿Que se la tragó el pozo? –Preguntó el extraño riéndose- ¿Cuando fue eso?, ¿Cómo ocurrió?
-Fue hace cien años o más, dicen que vivía aquí una familia y que una noche desaparecieron y no se volvió a saber más de ellos. Todos dicen que se los tragó el pozo –intentó explicar David-. Después unos novios también desaparecieron. El pozo esta maldito, en el pueblo algunos lo llaman el pozo del infierno.
-Así que el pozo del infierno –dijo Francisco pensando y con una media sonrisa.
-Sí, dicen que hay noches que puede atraer a las personas y tragárselas para siempre.
-¿Y no tenéis miedo entonces de venir aquí? –pregunto el dueño de la casa.
-Sí, pero a este le parecía emocionante –respondió Elena señalando a su novio con un gesto de la cara y un poco más tranquila.
-Os voy a contar algo, un secreto, pero tenéis que prometerme que nunca lo contareis a nadie –dijo en voz baja Francisco.
David y Elena se miraron extrañados por lo que ese hombre les decía, pero sonrieron como pensando que podía ser divertido escuchar y prometieron no contar a nadie lo que Francisco le revelara, por supuesto sin ningún pensamiento de cumplir la promesa.
-Bien. ¿Por dónde empezar? –se preguntó asimismo Francisco apoyándose en el brocal del pozo –Yo vivía en esta casa con mis padres y mi hermana, hace menos de cien años desde luego, en realidad fue hace unos cincuenta años, mi padre era militar y dicen que aquí en el pueblo era muy querido, aunque nunca volvimos.
-Pero todo el mundo pensó que se los tragó el pozo –dijo Elena.
-Pues como puedes ver no es así, este no es el pozo del infierno, eso solo son leyendas de pueblo, historias que las madres cuentan a sus niños para que se porten bien. En realidad –añadió Francisco– este pozo que tanto miedo os produce es un pozo de los deseos. Mi madre tenía a mi abuela enferma en la capital y deseando que se recuperara lanzó una moneda al pozo pidiendo ese deseo. En pocos días llegó una carta que anunciaba la mejoría de mi abuela y mi padre pidió otro destino que permitiera a mi madre cuidar mejor de la suya. Así que una tarde de invierno, me contó mi padre, cogimos nuestras cosas más queridas y nos marchamos a vivir a otro lugar. Solo eso, quizá nadie nos vio partir.
-¿Pero y los novios que desaparecieron? –preguntó David intrigado.
-Pues no sabría decirte –respondió divertido–. Quizá pidieron también un deseo al pozo y este se lo concedió, quizá se marcharon también para estar juntos y sin que nadie los viera.
-No me lo creo –dijo Elena– este pozo esta endemoniado, todo el pueblo lo sabe. ¿Por qué tendríamos que creerle? ¿Cómo sabemos que dice la verdad?
-Lanza una moneda dentro y pide tu mayor deseo.

martes, 20 de octubre de 2009

LOS CINCO SENTIDOS.

Era mi amiga, yo era su amigo, compartíamos dos copas en la complicidad y la confianza de quien se sabe a salvo de otros sentimientos más complicados. Ambos tenemos pareja y no lo somos.
-¿Crees en el amor verdadero y para siempre? –soltó Mamen de pronto.
-Si alguna vez conoces a una persona que te llena todos los sentidos, a la que te gusta escuchar, a la que te encanta acariciar, besar, que te embriague su olor y a la que nunca te cansarías de mirar, creo Mamen que estarías ante el amor de tu vida.

viernes, 9 de octubre de 2009

CONTIGO ME SUEÑO

CONTIGO ME SUEÑO. Aquilino Duque.
Sueño tantas cosas despierto que cuando duermo es como estar muerto. Me paso el día imaginando mi mundo, mi cielo, mi infierno, sueño el paraíso y sueño batallas, las gano y las pierdo, y me conformo con el botín de un beso. Todo da vueltas bajo mis pies, todo gira sobre mi cabeza, al revés, te sueño, te mimo, te tengo y contigo me sueño.
-¡Estas como un cencerro! –soltó ella escuchándome.
-No sabía que escuchabas. ¿Nunca te han dicho que es de mala educación escuchar detrás de las puertas?
-No escuchaba –se defendió-. Tus palabras llegaron hasta mí sin que yo las quisiera.
No pude replicar más como me hubiera gustado, se marchó. El portazo fue como una bofetada –no creo que fuera para tanto-, solo intentaba construir poesía, la escribo mentalmente mientras la vocalizo. Se ve que a esta mujer no le gustan los malos poetas –y en realidad lleva razón, no creo que a nadie le gusten-. He de reconocer que yo lo soy, soy un poeta de mierda, debería pensar en dedicarme a otra cosa –a pesar de todo lo que me pagan por serlo-, el mundo si que esta como un cencerro.
Bien pensado no importa, no sé porqué me fijé en ella. Ahora que pienso en ello, no sé ni donde ni como ocurrió, no lo recuerdo, no sé en que lugar la conocí –probablemente estuviera borracho -, porque de otra forma no entiendo que intentara ligar con ella y que además no me acuerde. Si me la encuentro sereno creo que no lo hubiera hecho.
Lo único que tengo que pensar es en seguir adelante, en vivir intensamente, esta noche lo celebro con una fiesta de las de antes –se creerá esta que me voy a pasar un año llorando porque se haya ido-, luego llamo a mis amigos.
Nada tengo que perder cuando el camino está despejado, solo tengo que asomar la cabeza y gritar. Solo tengo que correr, cantar, nada pierdo si nadie es capaz de alcanzarme, nada tengo, nadie me llama, nadie me quiere, tengo el camino libre para correr.
-¿Ya estás otra vez?-soltó ella de nuevo.
-¡Coño! Me has asustado. ¿No te habías ido?
-Fui a comprar pan. No me gusta lo que haces.
-¿Lo que hago? ¿A qué te refieres?
-No me gusta lo que estas componiendo, no me gusta tu poesía. Me pregunto muchas veces porque me gustas tú.
-Será por el sexo –dije sin mucha convicción y en voz no muy alta.
-Sí, eso será. Por el sexo que no tenemos.
-¡Pero si lo tenemos a diario!
-Pues entonces por ese sexo no es por lo que me gustas. Por eso te decía que será por el que no tenemos.
-¿Cuánto tiempo llevamos juntos? –pregunté.
-Demasiado.
-Ya, eso lo sé, ¿pero cuanto?
-¿No lo recuerdas? –Respondió en su tono más irónico -. Llevamos juntos exactamente cinco días y cuatro horas.
No dije nada más, me asaltó el pensamiento del tiempo, cinco días y cuatro horas, ciento veinticuatro horas, siete mil doscientos minutos, demasiado tiempo. Si hoy termina, mañana la olvido, no tengo tiempo de mirar atrás, cinco días es mucho tiempo y toda una vida no es nada, es un instante, abrir y cerrar los ojos. Cualquier día de estos me haré un tatuaje.
-¿Entonces no te gusta el sexo conmigo? –dije volviendo al tema dejado.
-Me encanta. Pero no es por eso por lo que me gustas.
-¿Entonces? –insistí.
Volvió a sonar la puerta como una nueva bofetada, que manía la de esta mujer de dejar a la gente a media conversación, y siempre dando portazos. No sé si es que esta de mal humor, o quizá tiene prisa, o está muy fuerte, o a lo peor un poco sorda.
¿Por qué le gustaré? Por mi poesía no es, por el sexo tampoco –aunque ha reconocido que le encanta-, guapo no soy, quizá le gusto porque soy bueno, aunque no lo creo, siempre he pensado que a las mujeres les gustan los hombres un poco cabrones, no demasiado, pero sí con su puntito de picardía.
-¿Y a donde cojones ha ido ahora? –pensé en voz alta.
Siempre tiene algo que hacer, siempre busca una excusa para salir, incluso sin excusa ninguna, cierra la puerta y se va -¿tendrá un amante?-, debe tenerlo, seguro que lo tiene, menos mal que no soy celoso, si lo fuera la seguiría para ver dónde va.
Tengo que darle un giro a mi vida, tener una nueva perspectiva, un nuevo enfoque, tengo que vivir cada momento como si fuera el último –bueno no, eso tampoco, quizá en el último momento debería confesar mis pecados-, tengo que vivir la vida con intensidad , con ansiedad, con egoísmo. El día menos pensado pillo la maleta y comienzo un viaje, una aventura de reencuentro conmigo mismo, un viaje de reinicio, para formatearme, para limpiar mi disco duro y volver a instalarme en la vida.
Tengo ganas de conocer, de escribir conociendo, de no dormir una sola noche donde la anterior, tengo ganas de partir, todo mi entorno me resulta aburrido y simple. -¿Por qué me gusta ella?-, por el sexo tampoco, sin embargo es guapa, inteligente y divertida, y esta buena, muy buena. Será entonces por eso, me gusta verla mientras nos amamos, me gusta pensar que una mujer tan bella y especial me quiere. Es la mujer de mi vida, me voy a tatuar su nombre.
-En cuanto vuelva se lo pregunto.