
Solo vivo cuando soy un delincuente, cuando me salto las normas, cuando le doy un pellizco a mi historia, esa que se escribe tras el fugaz momento que pasa, cuando vivo al otro lado, ese en el que estás tú. Es fácil dejarse llevar por el monótono ritmo de nuestra existencia, sin soñar y sin ilusiones, pero mañana debemos recordar el hoy, porque sino, hoy no habrá existido.
Salta la valla, roba una hora a tu vida, un minuto, dos, atrácala sin previo aviso, despójala de lo cotidiano y sube a las nubes, a ver el mundo desde otra perspectiva, secuéstrame o deja que yo lo haga, pero salta, salta la valla que separa lo cotidiano de lo inolvidable.
Roba, o deja que yo robe, no es pecado, es solo pasión, coge lo que quieras porque es tuyo y déjame coger lo que yo pueda mientras paro mi historia, mientras la reescribo para hacerla extraordinaria, mientras olvido el continuo pasar del tiempo ordinario.
Juega que yo juego, porque nos hace humanos. Es lo primero que aprendemos al nacer, es lo último que hacemos al morir, recordar lo jugado, lo ganado a la vida, aquello que nos emociona y nos hace sentir cosquilleo, aquello que nos pone los pelos de punta y nos transporta a otro mundo, el de la realidad soñada antes.